4 sept. 2010


















A orillas del Xiju


Sentado sobre el dique Su Tung Po,

entre alcanfores y una quietud exacta,

sopeso lo fútil de mis cercanías,

esa dimensión del tiempo donde se condensan los instantes.

(No deja de ser extraño, me digo,

que el célebre nombre de un antiguo poeta imperial

nomine a un terraplén de tierra arbolada,

vertebrado por dos puentes de piedra agreste.)

¿Cuántas tribulaciones me caben

en los dedos de una mano?



Cuento y repaso.



El agua se mece levemente

como si alguien zarandeara el planeta

al transportarlo en un cuidadoso acarreo.



Frágiles, los festones orilleros del agua cloquean

entre la debilidad del borde de pasto y resaca de humus,

carcomiéndolo, tornando exigua la demarcación

de su geografía.



Un par de sampanes cruza la espalda gelatinosa

del lago. Más atrás, entre sauces llorones

que chorrean apesadumbrados sus cabezas,

los niños permanecen atentos en la tarea

de ensartar grisáceos camarones de largas y transparentes antenas.



¿Dónde está mi sangre? ¿Y mis recuerdos?



No tengo hora. Esta ya carece de importancia.

Los enamorados se tocan apenas los hombros,

se rozan allí insinuando los abismos de la piel encastrada,

y miran fijo hacia donde se recorta la ciudad

y el agua teje su lento círculo.



En algún momento de este día,

mediados de un setiembre otoñal,

tendrá que sobrevenir la noche.



El lago se sumergirá con un perentorio olvido.

Un nuevo amanecer, jamás repetido, lo rescatará

con una inclemencia de naranjas.

Su agua será un fango brillante y aterciopelado.



Los peces saltarines no lograrán nunca quebrarlo.



La perfección de la armonía bosteza

en los ojos de una muerte apareada a la caída del sol.