4 sept. 2010




















Jardín de la Política Torpe




Los pabellones tienen altos umbrales

para que el visitante deba alzar

sus piernas y que el músculo reconozca

la jerarquía del funcionario imperial

dueño de casa.



(El fantasma de Confucio ríe

y lo celebra con recatado alborozo oriental.)



Tres alas de descanso se estiran

al costado de los estanques y

laberintos con poemas en forma

de abanico estampados en las piedras:

una para los palanquines, la segunda

para las damas y la mejor

para los señores.



(Los amigos de Confucio largan una sonrisa

mucho más tenue y tajante que la comisura dibujada por Leonardo.)



En uno de los posaderos con techos en cornamenta,

el emperador especialmente invitado

estampó dos escuetos caracteres

con la leyenda Realmente interesante.



(Los huesos molidos de Confucio se inclinan

en fugaz y etérea reverencia.)



Al diseño total lo realizó el famoso pintor de turno;

las galerías de ojos tallados engañan al no avisado;

el capricho de las rocas del Taijú llena de dudas a lo regular;

sólo el silencio galopa su Larga Marcha.



(El cráneo corroído de Confucio esboza

una última anacleta desafiante.)



Afuera la gente acuna la vida y aún

se entierra sus testimonios.


Los remeros atacan al atardecer en los canales

de Suchow y encienden las pipas sobre la piel del agua,

la cuota de arroz hirviendo en los calderos a popa

de juncos y sampanes.


LECTURA DEL POEMA